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miércoles, 12 de noviembre de 2014


MUCHOS SIGLOS ATRÁS, EN PLENA EDAD MEDIA, SE ALZÓ UN REINO VASTO EN EXTENSIÓN, PRÓDIGO EN RIQUEZAS Y TODAVÍA MÁS PRÓDIGO EN INJUSTICIAS, DESIGUALDADES Y DESGRACIAS DE TODO TIPO. ESE REINO ACABARÍA POR DERRUMBARSE EN EL SIGLO XIV. LA CRÓNICA DE SUS CALAMIDADES Y GRANDEZAS, DE GUERRAS CIVILES Y CONTRA ENEMIGOS EXTERNOS, DE HUESTES PONIÉNDOSE EN MARCHA, DE INFAMIAS Y ACTOS HEROICOS, DE REBELIONES POPULARES Y REYES TAMBALEÁNDOSE EN EL TRONO, ES UNA FASCINACIÓN PARA EL HISTORIADOR ACTUAL.

EN ESE REINO VIVIÓ GENTE QUE AMÓ Y ODIÓ Y RIÓ Y LLORÓ; QUE TUVO MIEDO, EL CUAL AFRONTÓ EN ALGUNAS OCASIONES Y OTRAS NO; QUE HACÍA EL RIDÍCULO COMO CUALQUIERA DE NOSOTROS; QUE SE MARAVILLÓ ANTE LOS MISTERIOS DE LA VIDA Y SE DESCORAZONÓ AL VER SUS HORIZONTES TEÑIDOS DE INCERTIDUMBRE; QUE MIL VECES CAYÓ ABATIDA POR LAS DESGRACIAS Y OTRAS TANTAS SE VOLVIÓ A INCORPORAR, MALTRECHA Y MISERABLE, PERO DISPUESTA A PRESENTAR BATALLA UNA VEZ MAS; QUE TENÍA VICIOS Y TICS ABSURDOS; QUE LO MISMO ERA CAPAZ DE EXTENDER UNA MANO SOLIDARIA QUE DE ENCERRARSE EN UN CAPARAZÓN DE EGOÍSMO; QUE TANTO PODÍA HACER ACCIONES NOBLES COMO VILLANIAS VILES Y REPUDIABLES; QUE MARGINABA Y ERA MARGINADA; QUE TUVO GRANDES ACIERTOS Y ERRORES INCREÍBLES, QUE A VECES ENMENDABA. ERAN SIMPLES HUMANOS, EN DEFINITIVA, Y QUIZÁS POR ELLO MISMO, NO GRAN COSA; NO MÁS QUE UNO MISMO. Y SIN EMBARGO, MIENTRAS QUE AQUEL REINO TAN PODEROSO ACABÓ DESPLOMÁNDOSE Y NUNCA MÁS SE VOLVIÓ A LEVANTAR, DE ENTRE SUS RUINAS EMERGIÓ LA GENTE PARA INTENTAR CONSTRUIR ALGO MÁS SÓLIDO. Y CUANDO YA NADIE RECORDABA LOS AÑOS DE DEVALUACIÓN DE LA MONEDA NI LE IMPORTABA QUÉ REY HABÍA PROMULGADO TAL O CUAL DECRETO, AÚN SUBSISTÍAN HISTORIAS DE VIEJOS ANTEPASADOS, EN LAS QUE LO ÉPICO COEXISTÍA CON LO COTIDIANO, Y DONDE LO GRANDE IBA DE LA MANO DE LO PEQUEÑO; LEYENDAS QUE PARECÍAN A LA VEZ REMOTAS Y ACTUALES.
ESTA ES UNA DE ESAS HISTORIAS, Y ES UNA GRAN HISTORIA. SI NO LO PARECE, NO SERA CULPA DE LA HISTORIA, SINO DEL QUE LA CUENTA.
BIENVENIDO A LA SAGA DE NERDELKRAG. BIENVENIDO A LOS OSCUROS TIEMPOS MEDIEVALES


EL TERMINO COMPUESTO Brunsharn CON EL QUE PASO A LA HISTORIA BALDUINO DE RABENLAND, HA SIDO TRADUCIDO A CASI TODOS LOS IDIOMAS COMO "CABELLOS DE FUEGO" DEBIDO A QUE EN LA MAYORIA DE ELLOS NO EXISTE UN EQUIVALENTE EXACTO PARA EL VOCABLO BERSIK Brun. POETICAMENTE, ESTA PALABRA DESIGNA EL RESPLANDOR ROJIZO DE LAS LLAMAS DE CUALQUIER FUEGO HECHO POR LOS SERES HUMANOS PARA DISPONER DE CALOR DURANTE LOS CRUDOS MESES INVERNALES Y, EN UN SENTIDO METAFORICO, REPRESENTABA LA ULTIMA ESPERANZA EN TIEMPOS DE CRISIS O DIRECTAMENTE DE DESASTRE (...) Y AUNQUE BALDUINO, SEGUN HANSI FRIEDRIKSON, AL PRINCIPIO REACCIONABA CON IRRITACION CUANDO UN TANTO BURLONAMENTE, A CAUSA DEL EMBELESAMIENTO DE UNA MUJER POR EL COLOR DE SUS CABELLOS, SE LO LLAMABA ASI, LA HISTORIA SE ENCARGARIA DE DEMOSTRAR QUE AQUEL APODO, DE MUCHAS FORMAS, ERA ADECUADO.

Edward Stephenson
(Freyrstrande, The Flames of the Glory,
Introducción))

LLEGUE A FREYRSTRANDE EN BUSCA DE GLORIA Y RIQUEZAS, Y ENCONTRE EN CAMBIO MI PROPIA HUMANIDAD.

(Palabras de Balduino Cabellos de Fuego, citadas por Hansi Friedrikson en una carta que se conserva actualmente en el Museo Histórico de Lusencia, y fechada el 16 de marzo de 982, poco después de la inexplicable desaparición de Balduino. La cita puede leerse también en una placa de bronce, al pie del monumento erigido en memoria de Balduino y sus compañeros en la Plaza de la Libertad, en Freyrstrand).

Preludio: LOS WURMS EN ANDRUSIA OCCIDENTAL



I

A principios del año 957, la región litoral de Andrusia Occidental se vio sacudida por una serie de fenómenos absolutamente desconcertantes, que no fueron sino el preludio de una catástrofe que marcaría el fin de una época, a la vez que el inicio de una de las gestas más gloriosas del Reino de Nerdelkrag. El primero de dichos acontecimientos fue la llegada de grandes bandadas de grifos al continente. Hacía mucho tiempo que el área de distribución de la especie se encontraba allí restringida, mientras que alcanzaba mayor amplitud en las Islas Andrusias, particularmente en las Gröhelnsholmene, muy al Norte, adonde aquellas fieras de soberbio cuerpo leonino y cabeza, alas y garras de águila vivían de la caza de focas y a veces, en grupo, atacaban incluso a ballenatos. A los hombres les temían y los dejaban en paz, a menos que estuvieran desesperadamente hambrientos. Pero aquel año, los grifos alzaron el vuelo desde sus nidales y madrigueras de las Islas Andrusias, estableciéndose en distintos puntos del septentrión del continente, y exhibiendo inusitada ferocidad. Manadas de ciervos, uros y unicornios cruzaron praderas y bosques en desesperada migración ante los invasores, pero éstos las siguieron. Además, los grifos se mostraban ahora osados y temibles ante la estirpe humana, a la que agredían ahora con mayor frecuencia que antes. Pronto, esas agresiones fueron lo bastante numerosas para causar preocupación.

Simultáneamente, grandes grupos de ballenas y delfines comenzaron a aparecer varados en las playas, para regocijo de la gente, que contó así con una inesperada provisión de carne fresca. Sin embargo, la algarabía general vaciló cuando marinos ya veteranos observaron las singulares heridas y cicatrices que presentaban en sus cuerpos muchos de aquellos animales. Señalaron que ballenas y delfines, en grupo, enfrentan a sus enemigos naturales; si bien éstos, a veces, se las ingenian para aislar algún ejemplar del resto de sus congéneres. Privados así de la protección del número, esos ejemplares aislados caen en pánico, huyendo con tal precipitación que, por esquivar una muerte segura en las fauces de un depredador, encuentran otra encallando en una playa. Pero -insistían los marinos- no es ésa la conducta de ballenas y delfines en grupo. Mejor ni imaginar qué hacía ahora que manadas enteras sucumbiesen de ese modo. La mayoría de los más curtidos lobos de mar se inclinaba por un tipo hasta ahora desconocido de monstruo, despertado inopinadamente de un sueño de siglos en algún oscuro abismo oceánico.

Por cierto que no faltaron avistamientos de monstruos marinos en aquellos días. También esto era raro y grave. Los navegantes más intrépidos sabían que tales criaturas no eran un mito, porque las habían visto muchas veces en mar abierto, y todos ellos habían tenido que hacer frente a alguna en al menos una ocasión. Los barcos balleneros, que navegaban más allá de las Islas Andrusias, se topaban con ellas en muchas oportunidades. No era infrecuente que un barco regresara a puerto con tripulación diezmada tras uno de estos encuentros; y se sospechaba que varias embarcaciones que jamás regresaron habían sido devoradas por estos leviatanes de las profundidades. Los marinos, gente dura y valerosa, por lo general no se dejaban amedrentar por la amenaza que aquellos seres representaban, pero ahora era otro cantar; porque antes, sólo la serpiente marina de crin era asiduo visitante de los canales, ahora invadidos por toda clase de monstruos. Casi no pasaba día sin que alguno fuera avistado en un fiordo o canal próximo a un puerto. Hubo quien teorizó que tal vez venían siguiendo a ballenas y delfines, sus presas predilectas.

Como los grifos, los titánicos depredadores de los abismos marinos eran ahora más agresivos con la especie humana. Una crónica de la época, proveniente de Drakenstadt, nos habla de la barca pesquera Zeeswrad que, tras alrededor de hora y media de heroico combate contra una gigantesca serpiente marina frente a las embrujadas costas de Gestinholme, regresaba a puerto, maltrecha y con tripulación menguada,cuando fue atacada en el Hrodsfjorde por un segundo monstruo. Este nuevo combate contó con numerosos testigos, entre ellos los guerreros de la fortaleza de Östwardsbjorg, que despacharon dos naves de guerra en un intento de socorrer al Zeeswrad, y los tripulantes de otras tantas barcas pesqueras que acudieron también a ayudar. Todo fue en vano. Tras breve lucha, el Zeeswrad, envuelto en una siniestra selva de tentáculos, desapareció para siempre bajo la superficie oceánica, en una espumeante vorágine y con un horrendo ruido de succión que provocó estremecimientos incluso entre los más bravos de los presentes. Sólo dos de los infortunados tripulantes del Zeeswrad lograron salir a flote nuevamente, y fueron rescatados por una de las naves de guerra despachadas en su auxilio.
En pocos días, el trágico destino del Zeeswrad pasó a ser un clásico de las historias de monstruos marinos, aunque ya en su época despertó algunas suspicacias. No obstante, en general sembró un pánico sin precedentes. Hoy, más de mil años más tarde, es imposible saber qué sucedió a ciencia cierta, aunque se tiende a creer que al menos el primero de los dos combates, el librado contra la serpiente marina, es una patraña. De cualquier modo, el Monumento a los Héroes del Mar, que se levanta hoy a la entrada del puerto de Drakenstadt a modo de tributo al valor de los marinos nacidos en el seno de la ciudad, se inspira en este lejano y resonante suceso.


II


La lista de desgracias aún no había concluído. Casi enseguida se produjo un recrudecimiento de la piratería. Los Kveisunger o piratas Kveisung eran producto del mestizaje de la antigua población andrusiana y los invasores Bersiker, y aunque aparecen mencionados en las crónicas desde el siglo IX, posiblemente sus actividades databan de mucho antes. Habían establecido puertos y fuertes en varias de las Islas Andrusias. Las ciudades más perjudicadas por sus correrías habían emprendido contra ellos expediciones punitivas tiempo atrás, pero de cinco islas no lograban desalojarlos: Aalsholme, Viskeholme, Mjornsholme, Hammersholme y Eriksholme, llamadas las Kveisungersholmene. En la cuarta de las nombradas se levantaba el infame puerto pirata de Broddervarsholm, definitivamente destruido, siglos más tarde, por Kjartan Maartenson de Drakenstadt. Pero a mediados del siglo X los Kveisunger estaban en pleno apogeo, y Broddervarsholm era irreductible, gracias a la solidaridad que unía a los piratas ante un enemigo común. Por lo demás, los capitanes Kveisunger eran orgullosos e individualistas, y no muy afectos a someterse a la autoridad de otro, aun tratándose de un par suyo. Sin embargo, a lo largo de su Historia los Kveisunger llegaron a aunarse casi por completo en tres ocasiones, al mando de otros tantos temibles individuos: primero bajo Sundeneschrackt, "el Terror de los Estrechos"; la última vez, bajo Daudsjarl, "el Príncipe de la Muerte". Entre uno y otro, en 957, era ahora el turno de Blotin Thorfinn, "Thorfinn el Sanguinario".


Por esos días tan trágicos, las barcas pesqueras de los grandes puertos zarpaban también en flotas, razonando que de esta manera disminuiría el riesgo de ataques de monstruos marinos. Otro tanto hacían las escasas naves mercantes que por entonces continuaban funcionando en Andrusia Occidental. Se llegó a la conclusión de que motivos similares podían tener los Kveisunger para unirse, por segunda vez, bajo la autoridad de un solo hombre; si bien, como en las otras ocasiones, un cierto número de naves piratas se mantuvo al margen.

En julio de 957, Blotin Thorfinn lanzó sus naves contra Drakenstadt., en un intento de saqueo. Pero la ciudad, rica, orgullosa y guerrera, ya había sido saqueada por los Kveisunger al mando de Sundeneschrackt en 946, un revés que había hecho tambalear su prestigio y su confianza en sí misma y que aún le dolía en su amor propio. Sundeneschrackt se había llevado un buen botín, causando grandes daños. Aun ahora, Drakenstadt rumiaba venganza y casi anhelaba un segundo intento por parte de los piratas. Por lo tanto, Blotin Thorfinn halló enconada resistencia, y debió partir con un botín exiguo y fuerzas mermadas. Sus malandanzas, sin embargo, no terminaron allí, y dirigió sus naves, ahora más exitosamente, contra Gullinbjorg, Vestvik y Svendstrand. Quiso luego ir más hacia el Este, pero una flota que lo esperaba en pie de guerra en Bersiksbjorg lo hizo retroceder. Mientras tanto, los señores de Norcrest, Ulvergard y Führinger decidieron unir sus naves a fin de darle caza.

La nobleza y los guerreros de Andrusia Occidental, habitualmente jactanciosos, se mostraban reservados y sombríos ante tanta desgracia junta. El pueblo no tardó en notarlo, y se preguntó el motivo. Ni los príncipes ni sus tropas acostumbraban amilanarse fácilmente, pero en los ojos de muchos de ellos se leía un auténtico e inexpresable miedo. Obviamente no se trataba de los grifos, ni de los monstruos marinos, ni de los piratas Kveisung; nada de esto era capaz de doblegar el coraje de los paladines de Drakenstadt y Ramtala, aunque se presentara todo a la vez. Y sin embargo, ¿cómo podía explicarse, por ejemplo, que el hermano del Conde de Ulvergard, que se llamaba Thorstein Eyjolvson y a los treinta y cinco años seguía siendo un aventurero tarambana, valeroso y charlatán, de golpe y porrazo se mostrara taciturno y como agobiado bajo el peso de una enorme responsabilidad, y despachara correos a diestra y siniestra? La gente sentía que, por algún motivo, se le escamoteaba información.

Por aquel entonces la lucha contra los piratas continuaba librándose, y muy exitosamente. Los bastiones piratas del Sur de las Kveisungersholmene no eran más que ruinas, y las costas parecían seguras. La flota de Thorfinn el Sanguinario continuaba existiendo, pero había sufrido infinidad de reveses y todo indicaba que se mantenía errante por los mares, sin atreverse ahora a intentar nada contra los puertos del continente. Subsistía, sin embargo, Broddervarsholm, el más poderoso reducto Kveisung, adonde quedaban suficientes capitanes piratas independientes y adonde el mismo Thorfinn podía volver en algún momento a lamerse las heridas antes de lanzarse nuevamente a la carga. El grueso de la flota que acosaba a Thorfinn decidió, por lo tanto, atacar y destruir Broddervarsholm, pero tres naves fueron enviadas de regreso al puerto de Ramtala, cargadas de botín recuperado de los piratas y con numerosos Kveisunger prisioneros en las bodegas.

Y en verdad, de las mazmorras donde ahora se interrogaba a estos prisioneros piratas estaba brotando una información inquietante, que se iba confirmando poco a poco. Esa información constituía la pieza que faltaba para terminar de armar el rompecabezas que explicaba los sucesos de aquel año pero, de momento, se prefirió mantenerla en secreto. Sin embargo, los héroes de la lucha contra los piratas vueltos a Ramtala en eses tres naves no habían regresado jactanciosos, sino adustos y tensos, como frente a un gran peligro y preparándose para un fin inminente, y por esto comprendió el pueblo que las cosas de verdad estaban mal, aunque quisiera hacerse creer lo contrario. Además, estaban reforzándose murallas y construyéndose catapultas. Con gran discreción, se evaluaba con la mirada a los hombres sanos, como considerando la posibilidad de engrosar con ellos las tropas; y en Norcrest, donde las reservas auríferas parecían inagotables, directamente se invitaba a los jóvenes a formarse en las armas, ofreciéndoles salarios que a veces triplicaban la paga normal de los soldados novatos.

La opresiva atmósfera alcanzó su clímax cuando algunos advirtieron las lejanas llamaradas que de noche se veían en algunas islas. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Hasta entonces, el pueblo, contra toda evidencia, había intentado mostrarse optimista. Al fin y al cabo, si los puertos estaban padeciendo una racha de auténtica mala suerte, al menos a veces una calamidad anulaba otra; como cuando en Gullinbjorg una nave de Blotin Thorfinn, quien a la sazón atacaba dicho puerto, se alejó imprudentemente del resto de la flota y fue hundida por un monstruo marino. Y los grifos estaban dejando de ser peligrosos en algunos puntos de la costa donde varaban más a menudo ballenas y delfines, puesto que se nutrían de la carne de esos animales, hartándose tanto que, en ocasiones, se les dificultaba remontar vuelo. Pero aquellas llamaradas, que unos atribuyeron a incendios en las Kveisungersholmene (provocados sin duda por la flota que hostigaba a los piratas), para otros eran volcanes entrando en erupción, uno tras otro. Algunos insistían en que esos fuegos, lenta y paulatinamente, se acercaban hacia el Sur.

Este nuevo misterio acabó de transtornar a algunas personas, que pronto contagiaron sus temores a otras, en una alarmante oleada de histeria colectiva. Se afirmó que el fin del mundo estaba cercano; que los acontecimientos que se estaban desarrollando eran las primeras señales; que las autoridades temían que la bestia 666 se hallara próxima a surgir del océano. Las iglesias se atestaron de gente temerosa que invocaba la clemencia de los Cielos.

Por fin, el 8 de diciembre de aquel año, la flota enviada para acabar con Broddervarsholm retornó a Ramtala sin haber cumplido con su misión y trayendo noticias estremecedoras, pero que al menos confirmaban las revelaciones obtenidas de boca de los prisioneros Kveisunger en las mazmorras, arrojando luz sobre los sucesos de aquel año tan inusual. Erlendur Ingolvson, el joven comandante de la flota, no había estado de acuerdo con el hermético silencio impuesto por las autoridades acerca de las sospechas que se barajaban en torno a dichos sucesos, pero finalmente juró no hablar porque en ese entonces, de cierto, nada se sabía. Sin embargo, ahora que disponía de datos concretos, consideró su deber enterar al pueblo de lo que había visto con sus propios ojos; y fue lo que hizo ni bien pisó tierra firme, iniciativa ésta que más tarde le acarreó muchas dificultades.

Ingolvson contó que la flota bajo su mando surcaba el Hammersholmsunde, el canal que separaba las islas llamadas Viskeholme y Hammersholme, cuando ocurrió el hecho que lo decidió a hablar. Los barcos navegaban, naturalmente, con proa hacia Broddervarsholm, decididos a acabar con el más poderoso reducto Kveisung; pero jamás llegaron allí, porque en el Hammersholmsunde avistaron una solitaria nave pirata que avanzaba hacia su encuentro, doblando el Jotunviken, el cabo más occidental de Hammersholme. Cuando los piratas divisaron la formidable flota enemiga que se les venía encima, retrocedieron, doblaron una vez más el Jotunviken y navegaron hacia el Norte a fuerza de brazos, ya que la dirección del viento no era favorable. La flota de Erlendur Ingolvson llevaba ya bastante tiempo navegando, y sus tripulantes estaban exhaustos. Pero él, pese a su juventud, sabía cómo extraer energías en sus subordinados cuando no las había; y de inmediato, los remeros de la nave capitana bogaron con renovados bríos, lanzándose en persecución de los fugitivos tras una encendida arenga de su comandante. El resto de la flota hizo lo propio, al sonido del cuerno y el redoble del tambor.

Ahora bien, al doblar los piratas el Jotunviken, la nave había quedado momentáneamente fuera de la vista de sus enemigos. Cuando éstos la divisaron nuevamente, advirtieron que se aproximaban al barco lo que parfecían tres enormes drakkars. Eran éstas naves ya pasadas de moda, con proas en forma de cabeza de dragón, muy usadas por el pueblo Bersik en sus tiempos de conquista y pillaje; pero ahora hacía décadas que no se las veía en los mares. Resultaba extraño, por consiguiente, verlas reaparecer allí, en el Hammersholmsunde. Pero una parte de los hombres al mando de Ingolvson provenía de Drakenstadt, donde se creía que los barcos hundidos de sus antepasados emergían tripulados por marinos y guerreros esqueléticos para ayudar en momentos de peligro; de modo que, para muchos, aquella visión era un buen augurio, y prorrumpieron en gritos jubilosos ante ella. Otros quedaron confundidos, ya que notaron que el velamen de los supuestos drakkars se extendía en forma horizontal, no concordando con lo que se creía recordar de tales embarcaciones. Pero cuando de las supuestas proas de los hipotéticos drakkars brotaron sendos chorros de fuego y brea candente, no hubo lugar a dudas: no se trataba de tres naves de guerra, sino de otros tantos gigantescos, voraces y temibles dragones de carne y hueso.

Erlendur Ingolvson, el único que esperaba algo así por estar al tanto de los informes secretos, ordenó a la flota detener de inmediato la marcha, pero se opuso tajantemente a la idea de regresar a Ramtala de inmediato. No era que no tuviese tanto miedo como sus hombres; al fin y al cabo, ante él había enemigos de cuidado y mal conocidos. Pero confiaba en el poder de disuasión de su flota, y pensaba que una fuga, en aquellos momentos, era mala idea. Por lo que él sabía, en los canales de las Islas Andrusias no había sólo tres dragones, sino una cantidad pavorosamente mayor; y si toda una flota escapaba de sólo tres reptiles, éstos se envalentonarían y, en número más grande, podrían animarse a atacar las costas. Así que, haciendo uso de toda su autoridad, logró mantener a la flota unida e inmóvil allí donde se había detenido, mientras los tres dragones atacaban la nave pirata. Ante sus ojos, las fieras devoraron a los Kveisunger e incendiaron primero el velamen y luego el resto de la embarcación; y luego desviaron su atención hacia la flota que, desde la distancia, los aguardaba en actitud desafiante.

Los dragones lanzaron furiosos rugidos que resonaron en ese tramo del Hammersholmsunde, y aun más allá. Al oírlos, Erlendur Ingolvson pasó instantes penosos, ignorando si los rugidos distantes que llenaban el aire eran meros ecos, o respuestas de otros dragones a la voz de los primeros y, en este último caso, si su función era reunir al grupo entero de monstruos para atacar en gran número, o apenas intimidar. Erlendur, indeciso, vacilaba entre ordenar a la flota permanecer en su sitio, o hacerla zarpar de regreso a Ramtala. Cualquier medida que se tomara podía acarrear un desastre del que él sería el único responsable. Finalmente, optó por seguir allí, pero dispersando un poco los barcos para que éstos dispusieran de mayor maniobrabilidad en caso de verse corzados al combate, y también para dejar libre una salida por la retaguardia si a los reptiles se les ocurriera rodearlos.

Una hora más tarde, tiempo durante el cual hombres y dragones no hicieron más que estudiarse mutuamente con desconfianza, los reptiles se marcharon y Erlendur Ingolvson, con cautela y temiendo que la partida de los monstruos no fuera más que una treta, ordenó el regreso a Ramtala. Tenía los nervios hechos trizas, y la firme convicción de que ya no era sabio ni honesto continuar ocultando al pueblo la presencia de dragones surcando los estrechos de las Islas Andrusias, y próximos, quizás, a atacar el continente. También sabía que la noticia podría sembrar el pánico entre la población, que tal vez las autoridades continuaran negándose a hacerla pública hasta que el peligro estuviera ya ante los muros de las ciudades y castillos costeros y que, si él rompía su juramento de silencio, se exponía a ser castigado incluso con pena de muerte. Se mostraba además muy pesimista respecto a las posibilidades que había de vencer a los dragones, en caso de que éstos atacaran en masa. En definitiva, no sabía qué hacer.

Sin embargo, fue serenándose a medida que la flota se acercaba a Ramtala, tal vez porque tomó conciencia de que, en el Hammersholmsunde, había procedido con cordura y valor frente a un enorme peligro, y no le había ido mal. Eso renovó su coraje y lo mantuvo firme en su resolución de quebrar el silencio. Frente a una multitud espectante narró, en el puerto de Ramtala, lo que él y sus hombres habían visto, y su relación con todos los anteriores sucesos de aquel año. Sus palabras fueron recibidas con miedo creciente; pero entonces siguió una larga arenga, de aquellas que sólo Erlendur sabía hacer, pronunciada con bravura, y que concluyó de esta manera:

-Lo que hizo huir a grifos, ballenas y monstruos marinos, no nos hizo huir a mis hombres ni a mí; ¡y lo que está sembrando la ruina entre los piratas tendrá que rendirse ante las invencibles murallas de Ramtala, Drakenstadt, Helmsberg y el resto de nuestros legendarios y gloriosos puertos!


III


No cabía duda, en efecto, de la relación expuesta por Erlendur. Los dragones en cuestión nada tenían que ver con los ejemplares que se conocían en Nerdelkrag, adonde, más al Sur, se llamaba dragón a cualquier criatura, real o imaginaria, de forma reptiliana y tamaño monstruoso. En el Norte se hacía una marcada diferencia entre dos especies, los Drakes y los Wurms. Los primeros eran enormes y podían volar pero, aunque a veces se pretendiera lo contrario, se mostraban en general pacíficos con los seres humanos. Estos eran los únicos dragones reales que había en el Reino, pero en el Norte se tenía una cierta noción de otros, los Wurms, más una pesadilla perpetuada en leyendas muy antiguas que algo de existencia concreta y confirmada. Se hablaba de dioses míticos y héroes fabulosos que habían luchado contra ellos pero, en general, su existencia era recibida con escepticismo entre las clases altas, que detentaban el poder y que ahora, desesperadamente, revolvían libros polvorientos tratando de reunir información útil para enfrentarse a aquellos monstruos cuya idea, hasta pocos días antes, les inspiraba sólo burlas. Entre las clases bajas, donde la calamidad y el heroísmo estaban siempre presentes incluso en lo cotidiano, la incredulidad siempre había sido menor, porque sabían que la Desgracia nunca se harta lo suficiente, y que cualquier mal imaginable permanece aletargado esperando el momento de despertar y hacer daño; pero ni en este caso la imaginación hacía justicia a la realidad.


Porque lo cierto era que los Wurms eran mucho más peligrosos de lo que se pensaba. En las leyendas antiguas, un héroe fuerte y valeroso acababa con ellos tras denodado combate; en la vida real, parecía difícil que todo un ejército pudiera enfrentárseles exitosamente.

Los Wurms -según constaba en las antiguas fuentes consultadas a toda prisa por quienes tendrían la misión de defender las ciudades costeras de Andrusia Occidental y, tal vez, el Reino entero- habitaban las Islas de la Bruma, tierra de difícil localización, pero sin duda ubicada a remotas distancias de Nerdelkrag. Existían entre ellos dos castas muy bien definidas, los Jarlewurms y los Thröllewurms. Estos últimos eran guerreros serviles de los primeros, muy semejantes, según las descripciones de crónicas contemporáneas, a los reptiles que llamamos cocodrilos, pero más grandes. En el mar eran espantosamente mortíferos, capaces de horadar a golpes de sus tremendos lomos acorazados los cascos de los barcos más grandes y resistentes; en tierra su eficacia menguaba, pero aun así su gruesa piel los hacía casi invulnerables, excepto en el dorso del cuerpo, en general más blando; el resto estaba cubierto de placas tan duras como una malla metálica. No podían echar fuego.

Los Jarlewurms eran algo así como príncipes o aristócratas, los señores de las Islas de la Bruma, y a ellos se sometían los Thröllewurms. No tenían la piel tan dura como estos últimos pero, de todos modos, no era fácil atravesarla. Su cuello era muy largo, vomitaban cataratas de fuego y brea candente y sus patas eran más largas y robustas que las de los Thröllewurms, lo que les daba mayor movilidad que éstos en tierra firme. Tenían enormes alas, pero de naturaleza quebradiza, que no les servían para volar, sino apenas para aprovechar el viento favorable al propulsarse por mar, al modo del velamen de un barco. Estos eran, por lo tanto, los que Erlendur Ingolvson y sus hombres tomaron por drakkars.

Los Wurms tenían fama de especie guerrera, conquistadora; y sus príncipes, los Jarlewurms, de codiciosos guardianes de tesoros. Los Bersiker habían luchado contra ellos en su primitiva Patria, la Ultima Thule; y las crónicas escritas que se preservaban en el Norte de Nerdelkrag, diferentes de las fantasiosas tradiciones orales, eran los relatos de esas luchas. Algunas veces, las historias más creíbles concluían con una victoria de los Bersiker, si se empleaba la astucia y se elegía un campo de batalla favorable; las más de las veces concluían en muerte, sangre y ruinas humeantes o, en el mejor de los casos, con el pago de un rescate para que los reptiles no atacaran. Pero debe agregarse que en este último caso los Wurms exigían barcas tripuladas que llevaran el rescate a los pies del VodVorag, título de realeza del Señor de los Wurms, soberano de las Islas de la Bruma; y por numerosos lamentos compuestos por madres desesperadas y esposas convertidas en viudas se sabía que ni barcos ni tripulantes retornaron jamás al puerto de partida.

Estos eran los enemigos que ahora amenazaban el Norte del Reino, atraídos tal vez por difusos rumores de una tierra pródiga en alimentos y riquezas. Sin duda habían arribado primero a las Gröhelnsholmene, alborotando y desplazando a los principales pobladores de esas islas: los grifos. Hambrientos y sin hogar, éstos habrían emigrado primero a islas más meridionales, adonde tal vez habrían sido rechazados por sus congéneres o donde, quizás, el alimento fuera insuficiente para una población de grifos tan numerosa; de modo que, de allí, varias bandadas pasaron al continente. Era comprensible que el hambre los volviera tan feroces incluso con la especie humana.

Las ballenas y los delfines, a su vez, se habían aterrado al ver el Mar de Nerdel súbitamente invadido por criaturas cuya forma y naturaleza les eran extrañas. Esto provocó que ambas especies se internaran por canales que antes no solían frecuentar. Algunas manadas, huyendo de los Wurms, acababan varadas en la playa, tal como se las había visto. Tras las ballenas y delfines, a su vez, fueron los monstruos que se nutrían de ellos. Quizás esos mismos colosos del océano estuvieran intimidados por la presencia de los Wurms en sus dominios.

Más al Sur, en las Kveisungersholmene, los piratas no habían dejado de advertir la amenaza que ahora se cernía sobre ellos. Tal vez en ese momento logró Blotin Thorfinn reunir una gran flota bajo su mando. En efecto, no era lógico pensar que podrían salir victoriosos de una lucha contra tan temibles oponentes, y aún lo era menos imaginar que hallarían clemencia, si la solicitaban en los puertos del continente para salvarse de la ira de los Wurms. Además, en el mejor de los casos, y admitiendo que esquivasen horcas y cárceles , la miseria los hubiera obligado a una vida de mendicidad o de trabajo honesto, y los Kveisunger no estaban hechos para ninguna de las dos cosas. Por consiguiente, sólo les quedaba aunar fuerzas, saquear los puertos más ricos y luego, con abundante botín, desembarcar en alguna playa desierta y repartir lo robado para iniciar una vida de riquezas, cada uno por su cuenta, en alguna ciudad de tierra adentro, donde sus caras fueran menos conocidas. Esa había sido el plan de la mayoría, pero no de todos. Una parte de los Kveisunger decidió atrincherarse en Broddervarsholm y luchar contra los Wurms si éstos los atacaban. Algo más de un lustro más tarde, una nave de Drakenstadt desembarcó en ese sitio, hallándolo en ruinas. Tantos signos de una valerosa resistencia contra los Wurms se hallaron, que cuando la noticia llegó a Drakenstadt no se pudo menos que honrar el coraje de aquellos aborrecidos pero heroicos enemigos, aunque posteriormente Broddervarsholm volvió a alzarse como un poderoso baluarte pirata y Drakenstadt lamentó que los Wurms no hubiesen hecho mejor su devastadora tarea.


IV

La gran mayoría de los poderosos de Ramtala se enfurecieron contra Erlendur Ingolvson por romper su juramento de silencio revelando al pueblo lo que se trataba de mantener en secreto, y exigieron llevarlo a juicio bajo diversos cargos, perjurio entre ellos; pero el hermano del Conde de Ulvergard se opuso. Thorstein Eyjolvson sabía que Erlendur sería sentenciado a muerte por sus obtusos mandos militares si se lo llevaba a juicio, porque los orgullosos oficiales rara vez eran clementes con quienes desobedecían sus órdenes. Pero en el Hammersholmsunde, frente a aquellos tres Wurms, Erlendur había demostrado valor y prudencia en dosis equilibradas, las cuales serían necesarias para defender Ramtala en caso de que los gigantescos reptiles la atacaran, y Thorstein declaró que por ningún motivo las sacrificaría inútilmente.

Además, estaba el hecho de que el pánico provocado por la noticia se compensaba en parte por la arenga con que Ingolvson había levantado la moral del pueblo. Fuera de Ramtala, la noticia se expandía ahora con la rapidez fulminante de una plaga. Los ricos mercaderes, en general, embalaban sus cosas y huían hacia el Sur, y lo mismo algunos nobles; pero la mayoría de éstos eligió quedarse aunque más no fuera por dignidad. A los pobres no les quedó más remedio que continuar con su vida de siempre, en la mayor parte de los casos; pero se sentían más tranquilos ahora que al menos sabían exactamente qué peligro los amenazaba, y en Drakenstadt el pueblo se puso masivamente al servicio de sus señores. Por lo tanto, Erlendur Ingolvson obtuvo, sin juicio alguno, el perdón de su señor el Conde de Ulvergard y la indulgencia de la Iglesia, gracias a la intervención de Thorstein Eyjolvson. A dicha intervención, un día, agradecería Ramtala el seguir existiendo, cuando Erlendur encabezara la defensa contra los Wurms.

El Reino entero, de muchas maneras, estaría en lo sucesivo en enorme deuda con Thorstein Eyjolvson en los años venideros, gracias a su actuación en aquel tiempo de crisis. Para la gente de Ramtala, que hasta entonces lo había considerado simpático pero irresponsable, fue una enorme sorpresa constatar hasta qué punto se había equivocado con él.

En enero de 958 Diego de Cernes Mortes, Gran Maestre de los Caballeros de la Doble Rosa, llegó a Ramtala, de donde más tarde partió hacia Drakenstadt. Con él venían unos cuantos de sus Caballeros convocados en su momento, supuestamente, para luchar contra los piratas. Las ciudades casi se ofendieron al enterarse de los motivos de su venida, pero al mismo tiempo se sintieron aliviadas, tanto más cuanto que ahora las amenazaba un peligro mucho mayor que los Kveisunger, los Wurms. Pero todo el mundo se preguntó quién habría llamado a Diego de Cernes Mortes, y se supo luego que había sido Thorstein Eyjolvson. Con ello este último pasó por cobarde, pues hasta entonces las ciudades siempre se las habían arreglado solas, mal que bien, con los piratas. Pero la verdad era que ya antes de las primeras referencias a la posible cercanía de los Wurms en las costas había intuido Thorstein que se avecinaba algo peor: no podía atribuirse a la casualidad que tantas calamidades -grifos, monstruos marinos, ataques piratas- vinieran del Norte una tras otra: algo más terrible debía empujarlas hacia el Sur.

Ahora bien, había entre los Caballeros reunidos por Diego de Cernes Mortes un cierto Luciano de Escevolina, que dominaba bastante bien el habla de los Drakes. Se supuso que dicho idioma (y la suposición posteriormente se reveló cierta) podía ser idéntico o al menos parecido al de los Wurms; y Luciano de Escevolina se ofreció a hacer de intérprete, en un intento por llevar un mensaje de paz a los reptiles. Pero, si se deseaba la paz, en cambio no se la quería a cualquier precio. Muy por el contrario, los grandes barones de Andrusia Occidental no estaban dispuestos a entregar rescate alguno para conjurar la agresión de los Wurms, y los príncipes de Norcrest y Ulvergard, aunque por el momento los más amenazados por la presencia Wurm, menos que nadie. Como mucho y de mala gana, estaban dispuestos a reconocer a los invasores ciertos derechos sobre las Islas Andrusias donde, fuera de piratas y montañeses endurecidos, no vivía prácticamente nadie. Pero exigían a cambio que se permitiera a sus naves seguir surcando los canales, y pescar y cazar ballenas en ellos, y también focas en las islas.

En Drakenstadt, Diego de Cernes Mortes intentó hacer variar de opinión al Duque de Norcrest, a sus allegados y a los altos capitanes. Obraba así porque no sabía qué apoyo brindarían los barones del Sur a los del Norte en caso de conflicto con los Wurms, y tenía nociones muy pesimistas al respecto. Pero los orgullosos príncipes de Drakenstadt, encabezados por el legendario Gudjon Olavson, se llenaron de ira ante la sola sugerencia. Respondieron que las riquezas de Norcrest pertenecían a la gente de Norcrest y que, si los Wurms eran enormes en tamaño, ellos lo eran en valor; y allí mismo juraron luchar hasta vencer o morir si los reptiles atacaban Drakenstadt. Diego de Cernes Mortes, para sus adentros, sonrió ante tal juramento, convencido de que eran sólo palabras. De haber visto hasta qué punto los grandes de Drakenstadt rubricarían con sangre tal juramento, se habría asombrado; pero él mismo no llegaría a vivir lo suficiente para constatarlo en forma cabal.

De todos modos, había que intentar una paz con los Wurms, y ya que Luciano de Escevolina estaba dispuesto, se lo envió con esa misión en una pequeña barquichuela con sólo dos acompañantes para guiarla, puesto que él no era ducho en tal faena. Durante dos días nada se supo de él, y se temió que tal vez la embarcación hubiese zozobrado, aunque bajo ese temor yacía otro mucho más terrible. Pero al tercer día, los hombres de las fortalezas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, erigidas en sendos peñones a la entrada del Hrodsfjorde, el fiordo que dominaba Drakenstadt, asistieron a un espectáculo estremecedor: la barquichuela en la que había partido Luciano venía de regreso, pero al parecer sin ocupantes. Algo parecía empujarla, pero recién a cierta distancia se distinguió perfectamente el largo cuello de un muy joven Jarlwurm emergiendo tras la popa y el velamen de la navecilla. Y entonces, de la garganta de la fiera, brotó un chorro de fuego y brea candente que bañó la barquichuela, convirtiéndola instantáneamente en una gran antorcha flotante. Tal la respuesta a la petición de pez transmitida por Luciano (y mejor ni imaginar el destino de éste y de sus dos compañeros de expedición): el comienzo de lo que se conocería luego como la Primera Guerra entre Hombres y Dragones.

Los centinelas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg guardaron en ese momento tétrico silencio ante lo que acababan de ver, no atreviéndose a hacer comentarios entre ellos por temor a que terminaran de desmoronarse sus ya muy deterioradas defensas anímicas. No querían ni pensar en cuántos reptiles similares a aquel debía haber en las Islas Andrusias, aguardando el instante oportuno para atacar. En el puerto de Drakenstadt, algunos habían llegado a distinguir también la distante barquichuela y la horrenda silueta enemiga; y sus exclamaciones habían congregado a una multitud que asistió horrorizada al incendio de la pequeña embarcación.

La nobleza y los guerreros de Drakenstadt recibieron después los pertinentes reportes de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg sobre el particular. Al enterarse de las dimensiones de la criatura, que la bruma les había impedido apreciar y que superaban con mucho el tamaño de los Drakes o dragones voladores, hubo sin duda estremecimientos y caras sombrías. Comprendieron entonces las vacilaciones de Erlendur Ingolvson en el Hammersholmsunde, las que antes habían sido objeto de mofa en Drakenstadt.

No obstante, preferían morir de pie y luchando en lo alto de las murallas de su amada ciudad antes que de rodillas ante un reptil invasor; de modo que decidieron ser prácticos y prepararse para la lucha que se avecinaba. Pero por primera vez compartían las inquietudes pesimistas de Diego de Cernes Mortes respecto al número de refuerzos que vendrían del Sur para apoyarles en la contienda.


V

Por aquellos días gobernaba sobre todo Nerdelkrag el Rey Gregorio III (946-958), monarca totalmente falto de energía, motivo precisamente que lo había llevado al trono. En efecto, el caos a la muerte de su predecesor, Lorenzo el Terrible (926-945) era tal, que entre los mediocres pretendientes al trono que se presentaron ante la falta de sucesión directa del difunto rey, él resultó la mejor opción, que permitió a hombres enérgicos y de buena voluntad salvar al país del desastre sin pasar por interminables reuniones de consejo y aún más interminable papeleo. Gregorio aceptaba todo lo que ellos le imponían, y en una situación de emergencia, esto era lo ideal; pero ya encarrilado el país, se esperaba de él que lo gobernara, cosa que jamás fue capaz de hacer. Ahora, algunos de los que lo habían llevado al poder, entre ellos Diego de Cernes Mortes y -más desde las sombras- Thorstein Eyjolvson, se lamentaban amargamente. Pero así y todo había que desear larga vida a tan mediocre soberano, puesto que ya era obvio que el Príncipe Heredero, también llamado Gregorio, era un imbécil de remate y gobernaría peor que su padre. Lo mismo padre que hijo serían un débil sostén donde apoyarse en caso de que los Wurms atacaran.

La distancia representaba otra complicación. En malas condiciones, un viaje desde Drakenstadt hasta Cernes Mortes, la capital, podía demandar todo un año. El servicio de postas, naturalmente, acortaba mucho ese plazo; pero un prolongado intercambio de mensajes podía ser cosa de pesadilla, y por lo tanto las baronías septentrionales generalmente preferían arreglárselas solas para afrontar sus dificultades. Ahora, sin embargo, necesitaban ayuda urgente y validada por un decreto real que nadie pudiera menospreciar sin desagradables consecuencias.

Ahora bien: teniendo en cuenta que hasta a la alta nobleza del Norte se le había hecho difícil admitir la existencia misma de los Wurms salvo en el terreno del mito, era concebible que en Cernes Mortes el asunto fuera tomado como una especie de broma pesada, y que los consejeros de Gregorio III, más por ignorancia que por mala voluntad, reaccionaran con indolencia a las peticiones de ayuda, hasta que fuera demasiado tarde. Y no obstante, había que hacerse a la idea de que tal vez el Reino entero corría peligro. Si los Wurms alcanzaban el continente, nada les impediría hacerse fuertes allí, reproducirse, crecer en número, remontar los ríos y, un día, llegar a la mismísima Cernes Mortes. Pero, ¿cómo se convencía a los escépticos de la realidad de algo que parecía cosa de fábula? ¿Y cómo se obligaba a los cobardes a afrontar el peligro a la par de los valientes, sin orden del Rey?

La cuestión era más grave de lo que parecía. Se despacharon mensajes urgentes al Rey, pero también a muchos otros destinatarios para ganar tiempo. Las Andrusias Occidentales estaban ya por completo bajo el aplastante poder de los Wurms, y los canales que las separaban se hallaban ahora totalmente vedados al género humano; y los gigantescos reptiles se acercaban más a las costas, con los Jarlewurms oteando el horizonte con mirada codiciosa desde lo alto de sus largos cuellos.

Los Caballeros Custodios de la Doble Rosa se hallaban disemina-dos por todo el Reino. La suya era la Orden de Caballería más antigua del Reino, otrora gloriosa. Pero la flama de esa Orden estaba extin- guiéndose. Pasmaba la desidia con que los Caballeros de la Doble Rosa acudían cuando se requería que entraran en acción, obedeciendo sólo al Rey y a su Gran Maestre, en este caso Diego de Cernes Mortes. Cuando éste hizo un llamamiento a las comandancias de su Orden más próximas a las baronías en peligro, pocos le respondieron. Integraban la Orden príncipes de alto rango, segundones de la nobleza y hasta bastardos de la misma; actualmente, a los demás les estaba vedado el ingreso. Todos los renuentes esgrimieron pretextos para no acudir. En algunos casos, la cobardía pudo haber sido el verdadero móvil; en otros, pudo haberlo sido el escepticismo; en la mayoría, lo fue que la pertenencia a la prestigiosa Orden les interesaba sólo por los beneficios que implicaba. Esta fue la primera decepción que debieron afrontar los defensores de Andrusia Occidental.

La segunda provino de Andrusia Oriental. No se pretendía que ésta enviara tropas de refuerzo, sino que se mantuviera en alerta, preparando defensas contra los enemigos que, de ser rechazados en Andrusia Occidental, podrían intentar un arribo a Nerdelkrag por otro sitio. Christendom, en especial, resultaría una tentación para los Wurms, porque allí el Río Rattapahl vierte sus aguas en un gran golfo, la Havnuvasmück o Boca de Kraken, así llamada por el monstruo que, según se decía, dormitaba en sus profundidades. El Delta del Rattapahl, vasto, próspero y abundante en ganado, carecía prácticamente de defensas, como no fueran unos pocos castillos dispersos en algunas islas. Fuera por ignorancia geográfica, temor a Kraken o porque el oro y los diamantes de Norcrest los sedujeran más que los rebaños de Christendom, los Wurms no prestaban atención a dicha baronía aún; mas, cuando lo hicieran, el Reino entero estaría perdido, a menos que se tomaran desde ahora medidas para detener a los gigantescos invasores. Pero la nobleza de Christendom recibió la noticia con estentóreas carcajadas, aunque el pueblo se inquietó. Algo más al Oeste, en la vecina Thorhavok, el Conde Arn, Caballero de la Doble Rosa, puso tantos peros que era obvio que no haría nada, en tanto que sus vasallos en general sólo fanfarronearon mucho, desatendiendo la real gravedad de la amenaza.

Pero si los nobles de Andrusia Oriental se negaban a atender sensatos consejos, el pueblo no tenía por qué pagar su negligencia. Sería preciso que otros asumieran la responsabilidad de defender Thorhavok y Christendom a despecho de la nobleza de estas baronías. Para Diego de Cernes Mortes, era un dolor de cabeza tan grande como el primero.

Además de la Orden de los Custodios de la Doble Rosa existía oficialmente en el Reino otra Orden de Caballería, las Milicias de San Leonardo, cuyo cuartel general se había trasladado estratégicamente desde Cernes Mortes a Blixton años atrás. Era lejos, pero no tanto como Cernes Mortes. Se envió un mensaje a su Gran Maestre, Genaro de Auricornia, y éste respondió sin pérdida de tiempo, enviando refuerzos al mando de su segundo en la Orden, Fabián de Trívonis, mientras él reunía al resto de sus fuerzas para sumarse a la lucha. Así pues, la Milicias de San Leonardo, Orden de Caballería religiosa, al menos se ponían por entero a disposición de los defensores de Andrusia; pero no era suficiente.

Aún más al Sur que Cernes Mortes se hallaba Caudix, el Castillo de los Príncipes Leprosos. Más orgullosos aún que los príncipes de Drakenstadt, los Leprosos no cesaban de asombrar al Reino una y otra vez tanto por el coraje con que arrostraban el mal que corroía sus cuerpos como por la forma en que manejaban su señorío. Los más sanos de ellos eran guerreros. Hasta qué punto podrían ser útiles o con qué seriedad recibirían la petición de auxilio, imposible saberlo. Si no la tomaban en broma, se podía tener la seguridad de que brindarían la ayuda requerida, lo que tal vez despertara algunas conciencias y suscitara vergüenzas, si es que tales vergüenzas podían existir. Los Príncipes Leprosos enviaron los refuerzos requeridos, pero ello no significó que quienes hasta el momento se habían abstenido de acudir en socorro de las castigadas costas de Andrusia Occidental enmendaran sus conductas; no se les movió un pelo ante el ejemplo que recibían de los Leprosos.

El número de hombres movilizados hacia el Norte seguía siendo insuficiente. En marzo de 958 los Wurms lanzaron un primer ataque tentativo contra Drakenstadt; en esa ocasión, sólo fueron Tröllewurms, aunque en seguida se les unieron tres Jarlewurms. Se acercaron rugiendo con ferocidad... y las catapultas respondieron en el mismo tono. En conjunto, ninguno de los dos bandos sufrió grandes pérdidas: se trataba de una simple escaramuza destinada a medir fuerzas. Al día siguiente, sin embargo, los Jarlewurms lanzaron otro ataque sorpresivo, que dejó exhaustos a los defensores. Los reptiles retornaron durante la noche, creyendo que pasarían inadvertidos; pero la poca luz que daba la luna bastó para delatarlos cuando estaban a punto de remontar el Krönungsalv, el río a cuyas orillas se levantaba la ciudad. Todos estos encuentros, si bien no muy graves todavía, dejaron en claro (por si cabía alguna duda) que los Wurms estaban decididos a asentarse en el continente, y que no desistirían con facilidad. Todavía más: Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, las poderosas fortificaciones que custodiaban la entrada al Hrodsfjord, estaban ahora prácticamente sitiadas por los monstruos, y cuando el agua y los víveres se les agotaran, ambas fortalezas caerían con facilidad. Y además estaba el tema de los proyectiles: cuando no tuvieran ya piedras con las que combatir a los Wurms, los dos baluartes deberían desmantelarse progresivamente para proporcionarlas. En previsión a eso, los comandantes de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg decidieron no atacar a los sitiadores si éstos no tomaban la iniciativa en el ataque; y los Wurms nada hacían, sino esperar con paciencia a que ambos castillos desgastaran lentamente sus fuerzas. Por ahora en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg no faltaban provisiones, puesto que se había previsto una maniobra así, pero había que pensar en una forma de quebrar el sitio y hacérselas llegar cuando fuera necesario...y prever que el intento podía fracasar y terminar en una gran pérdida de hombres, sin beneficio alguno para las fortalezas, que al menos podían por ahora comunicarse entre sí y con la ciudad usando palomas mensajeras sin que los reptiles lo notaran.